martes, 15 de noviembre de 2011
Un poco de pasión antes de acostarse.
Ella se acariciaba de una forma alocada, desproporcionada, pero eso a él no le importaba, es más, le volvía loco. Las manos de ella recorrían todo su cuerpo, su propio cuerpo, en busca de aquellos orificios que le hacían gemir de placer. Y gemía, vaya que si gemía. A veces él llegaba a pensar que estaba fingiendo, que sus gemidos de placer eran parte del juego y no una consecuencia de él, pero eso a él no le importaba, es más, le volvía loco. Por fin llegó el momento que él estaba esperando, ella abrió su pequeña mesilla de noche y extrajo un gran aparato, su pequeño juguete, como lo llamaba ella, y lo introdujo dentro de su ser, escapando de su garganta un desproporcionado gemido. El ya no pudo más, así pues se levantó, apagó el televisor y se metió en el cuarto de baño.
El suicida.
Un día, sin pensárselo dos veces, abrió la ventana y se tiró por ella. ¿Qué pasó por su cabeza? Nadie lo sabe con seguridad. Pero ese día tuvo suerte, ya que vivía en una planta calle y desde la ventana a la acera no había más de metro y medio. Pasado un tiempo sus impulsos suicidas fueron desapareciendo, y aquí también tuvo suerte, puesto que este cambio de personalidad coincidió con un cambio de domicilio.
Cuestión de suerte.
Qué suerte tienen aquellos que creen en un Dios, sea del color que sea. Les da sentido a su vida y saben con toda seguridad qué es lo que hay después de ella. Qué suerte y qué fácil lo tienen.
Qué suerte tienen aquellos que no creen en nada, que saben que un día nacieron, y que un día morirán, y ahí se acabará todo. Qué suerte y qué fácil lo tienen.
Y luego estamos el resto, los que después de cuarenta años, o más, o menos, todavía no sabemos de qué va este negocio. Si no hay Dios, malo, pero como lo haya... ¡qué jodido lo tenemos!
Qué suerte tienen aquellos que no creen en nada, que saben que un día nacieron, y que un día morirán, y ahí se acabará todo. Qué suerte y qué fácil lo tienen.
Y luego estamos el resto, los que después de cuarenta años, o más, o menos, todavía no sabemos de qué va este negocio. Si no hay Dios, malo, pero como lo haya... ¡qué jodido lo tenemos!
Qué jodido Don Julián.
Si vas por la calle, te cruzas con un perro, le pegas una patada (pero una patada de las gordas, de las que duelen), vendrá Don Julián y te llamará de todo: que si no tienes alma, que si eres un criminal, que si Dios te castigará con el fuego eterno, etc, etc...
Si coges dos palos, les pones en la punta dos hierros bien afilados y después de una pequeña carrera con pirueta se los clavas con todos tus huevos al primer toro que se te ponga a tiro, vendrá Don Julián y te dirá ¡olé!
¡Qué cosas oye...!
Si coges dos palos, les pones en la punta dos hierros bien afilados y después de una pequeña carrera con pirueta se los clavas con todos tus huevos al primer toro que se te ponga a tiro, vendrá Don Julián y te dirá ¡olé!
¡Qué cosas oye...!
No lo sé.
Posiblemente, porque siempre he querido escribir; seguramente, porque nunca he sabido de qué. Así pues, siendo ya la necesidad con apremio de urgencia (que vamos teniendo una edad), y viendo que el medio es cómodo (porque me permite escribir desde la cama), me lanzo a ello.
¿Temática? Como mis conocimientos son escasos, será amplia. ¿Cadencia? Una vez cada... ¡puf! no pongamos límites a la inspiración.
Escribir al fin, salir al camino y escribir.
¿Temática? Como mis conocimientos son escasos, será amplia. ¿Cadencia? Una vez cada... ¡puf! no pongamos límites a la inspiración.
Escribir al fin, salir al camino y escribir.
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